Nunca se había
visto una luna tan hermosa como la noche en que todo empezó; el miedo era lo
único que Belbeth podía sentir esa noche, estaba consciente de su debilidad y
de lo insignificante que era, durante sus 14 años de existencia siempre había
vivido asustada de la gente, le costaba trabajo hablar con los demás, era como
si no existiera.
Era tímida y
por lo tanto un fácil objeto de burlas, ella ya no soportaba seguir así, algo
debía hacer… Esa bella noche en que acostada en su cama lloraba, una repentina
voz que conocía desde que era niña visitó su cabeza y cariñosamente le habló,
aunque sus palabras no fueron tan dulces.
-Eres débil,
eres pequeña, eres patética.
-Lo sé, por eso
lloro, porque ya me fastidie de mí.
-Eso no cambia
nada, debes hacer algo.
-No hay nada
que pueda hacer alguien como yo e igual sería incapaz de dañar a alguien.
-Pero es lo que
quieres, todos merecen sufrir un poquito. Quémalos, destrúyelos, hazlos pagar.
-Lo que me
propones es horrible, no debo causar dolor, eso está mal.
-Pero es lo que
en verdad quieres. Te sentirás bien luego de hacerlo, confía en mí, déjame
tomar el control y pensar por ti, nunca te descubrirán.
-Es cierto que
ya estoy cansada de mí misma, ¿Pero cómo harás para que yo esté a salvo?
-Solo debes
analizar bien las cosas antes de hacerlas, prever todo lo que pudiera pasar… ya
no reprimas tus pensamientos. Todo será diferente.
-Yo… no sé…
necesito algo más…
Después de esa
breve plática con la voz que vivía en su mente, Belbeth quedó dormida y al día
siguiente ya estaba lista para seguir su
rutina de siempre: Debía ir a la escuela, regresar a casa a ser
ignorada, hacer los trabajos que tuviera que hacer, leer hasta media noche y
caer rendida. Su existencia no tenía nada de especial, era una persona de lo
más común, inundada de miedo. Esta vez las cosas cambiarían un poco.
Se encontraba
en la escuela leyendo un libro de su autor favorito alejada en una jardinera
cuando notó la presencia de un chico mirándola fijamente, ella se incomodó, se
ruborizó un poco pero siguió leyendo. Él se le acercó, lo había visto antes,
era un año mayor que ella. Cuando estuvieron a menos de un metro de distancia
él habló:
-No a mucha
gente de por aquí le gusta pasar el tiempo libre leyendo ¿Podría ver tu libro?
-Lo siento, no
le presto mi libro a personas que no conozco.
-Mi nombre es
Alex. Listo, ya me conoces.
-Que sepa tu
nombre no significa que ya te conozco, sigues siendo un extraño para mí.
- … ¡¿Extraño?!
- Alex se mostró alterado en cuanto esa
simple palabra fue dicha por Belbeth y sujetó su muñeca derecha para levantarla
y después, casi arrastrándola, llevarla hasta una pared y acorralarla. - ¿por
qué insisten en decirme así? Tú lo has dicho, ni siquiera me conoces y ya me
has juzgado. A las personas no les gusta lo “extraño” porque les incomoda algo
que desconocen a pesar de que pueda ser bueno, les hace sentir que su seguridad
peligra…pero yo no les he hecho nada ¿entonces por qué me ven como amenaza y me aíslan?... ya lo pagarán.
-¡Espera! Estás
malinterpretando todo, con “extraño” no me refería a tu forma de ser sino a que
no sé quién eres, pero toma, te confiaré mi libro.
Alex, que había
estado apretando con fuerza a Belbeth, se dio cuenta de la paranoica actitud
que había tenido, así que la soltó para tomar el libro que sabía que le había
sido prestado más por miedo que por “confianza”.
-Owen Bamshad
siempre me tranquiliza con sus obras, es muy cruel que haya dejado de
escribir-dijo Alex con un tono relajado después de hojear el libro.
-A mí también,
su historia personal es igual de interesante que los libros que escribió.
-¿Cuál dices
que es tu nombre?
-Me llamo
Belbeth Jorde.
-Bien, Belbeth,
este libro no lo he podido conseguir y, en vista de que me lo has confiado, te
lo devolveré en un par de semanas.
Luego de esto,
Alex se alejó dejando a Belbeth tan maravillada como asustada y sorprendida. El
descanso había terminado, así que se dirigió a su salón y se sentó, comenzó a
repasar en su mente y su memoria lo que acababa de pasar. Ese tal Alex parecía
estar tan alejado de la gente como ella, sino es que más, porque ella tenía un
amigo, Francis, que en esos momentos iba llegando:
-Beth, siento
haberte dejado sola por un rato hoy, tuve un pequeño problema con…
-No importa.
-¿Pero qué
dices? Siempre me reclamas porque te dejo sola.
-Hoy no estuve
del todo sola…
Le contó lo
sucedido y Francis de inmediato se mostró molesto.
-¡¿Quién se
cree que es?! ¿Te lastimó? Iremos por tu libro en cuanto se termine la clase.
-No, está bien.
Por alguna razón quiero que me vuelva a hablar. Él está solo, debe saber cómo
me siento.
-Pero tú no
estás sola ¿Qué hay de mí?
-Agradezco tu
presencia, pero él me provoca curiosidad.
-Sólo ten
cuidado, parece ser peligroso.
-Fran, no te
preocupes, no dejaré que las cosas lleguen lejos.
Aún en su casa,
no dejaba de pensar en Alex y se decía una y otra vez “Nadie suele llamar mi
atención ¿por qué él sí? No me interesa físicamente, me desagrada tanto como
los demás, pero tiene algo especial”. De repente sus pensamientos se vieron
interrumpidos por el acostumbrado escándalo de sus vecinos, seres molestos que
siempre que podían la molestaban, su existencia era un fastidio. “¿No te
gustaría oírlos gritar de dolor?” le decía la voz que siempre le sugería esas
cosas pero que trataba de ignorar, murmuró unas cuantas palabras de odio y
trató de pensar en otra cosa.
Pasó una
semana, esperaba impaciente que Alex le hablara y Francis se molestaba cada vez
más porque ya no hacía más que hablar de él, menos de cinco minutos había
estado con él y ya había alterados sus intereses. Entonces llegó el día que
esperaba, las clases habían terminado y ella hablaba con Francis afuera de la
escuela cuando Alex se les acercó sin que lo vieran, puesto que estaban de espaldas a él.
-Pequeña
Belbeth- dijo mientras la tomaba por los hombros y le provocaba escalofríos- Te
he estado observando… Como sea, aquí está tu libro.
Ella volteó
hacia él dejando a Francis hablando solo, tomó su libro y con suavidad
respondió:
-Vaya, lo has
leído rápido, claro que tampoco es un libro muy grueso.
-Ejem…
-interrumpió Francis- eso de que te la pasas observando gente no suena bien y,
ahora que Beth tiene su libro de vuelta, nosotros nos retiramos.
La tomó del
brazo y comenzó a caminar pero Alex la tomó del otro brazo y sólo para
fastidiar respondió fríamente:
-No dije que
observo a la gente, dije que la he observado a ella y me agradaría que me
acompañara un rato, así que tú eres el que ya se puede ir, desaparece.
-Claro que no,
no pienso permitir que Beth se quede con alguien tan extraño como tú.
Alex contuvo su
enojo ante tal palabra y se limitó a apretar un poco a Belbeth, quien de
inmediato intervino:
-Me agradaría
hacerte compañía, no tengo nada más que
hacer. Y tú, Fran, no te preocupes por mí, todo estará bien. Nos vemos mañana.
-Ya la oíste,
quítate de nuestro camino.
Alex le sonrió
cínicamente a Francis y se alejó con Belbeth. Llegaron a un café que casi nadie
conocía, tenía un aspecto tétrico y antiguo que le resultó interesante a
Belbeth y recorrió con la vista cada detalle mientras esperaban que les
llevaran su orden.
-Como te dije,
te he estado observando y creo saber la respuesta, pero igual quiero que me
digas que hace una chica pequeña y débil, cuyo único amigo hace un intento
patético de protegerla de los demás, leyendo libros sobre locura y asesinatos.
-…Creo que eso
es porque a veces imagino que todas las cosas malvadas y crueles que relatan le
están pasando a las personas que más detesto, me imagino torturándolos y sonrío
por la imagen mental. Pero luego trato de borrar esos pensamientos y Francis me
ayuda en eso, él me dice que no es bueno pensar de esa manera y hace que me
distraiga.
-Que tonterías,
él te dice eso porque no ha pasado por lo mismo que tú, yo estoy seguro de que
la única manera de que dejes de pensar en eso es haciéndolo realidad. Cada vez
que alguien te moleste deberías vengarte, si te quedas sin hacer nada seguirán
molestándote, pero ten cuidado de que no te descubran.
-Qué cosas
dices… dañar a los demás está mal.
-Y sin embargo
es lo que quieres.
Esa última
frase se le hizo tan familiar a Belbeth que ahora estaba segura de que él sabía
lo que sentía, se interesó más en él y con un poco de miedo preguntó:
-¿Tú has dañado
a alguien? Y si es así ¿Qué es lo más que has hecho?
-No he matado a
nadie…aún… si es lo que te preguntas. Me he limitado a causar pánico en las
personas que me molestan, me gusta alterar su mente y a veces para eso necesito
“acosarlos” por un tiempo, otras veces les hago pequeños cortes sin que lo
noten, es divertido y te agradeceré que no le digas a nadie, aunque sé que no
lo harás, ¿verdad?
-No te
preocupes, sólo dime porque me dices esto.
-Sólo te hablé
porque ocupaba algo de ti, tu libro, pero ahora creo que tienes la necesidad de
causar dolor y yo puedo ayudarte en eso, no reprimas lo que sientes. Ambos
estamos solos, déjame guiarte.
-¿Acaso
pretendes acompañar mi soledad con la tuya?
-No
exactamente, lo sabrás en su momento.
Llegó la mesera
con su orden y de este modo esa plática quedó inconclusa, una vez que se fue la
“interrupción” siguieron hablando, pero esta vez de música, libros e intereses
personales, tenían más en común de lo que imaginaban.
Durante los
días siguientes Alex la buscaba entre clases para que le contara que le pasaba
y darle ideas de como desquitarse de quienes la molestaban. Que si la chica
linda del salón la humillaba, de repente alguien en la calle quemaba su cabello
y su pequeño perro aparecía muerto. Que si alguien le lanzaba cosas, de repente
la guitarra favorita de ese alguien estaba hecha cenizas. Que si alguien la
agredía físicamente, esa persona en algún descuido era llevada a un callejón y
era golpeada brutalmente.
Al principio
tenía sus dudas, pero a pesar de la temible presencia de Alex se sentía segura y fue gustándole más
y más vengarse con ayuda de él.
Los terribles
acontecimientos de sus compañeros parecían preocupar a todos, no sabían quién
era el siguiente ni quién era el responsable ¿Por qué no sospechaban de ella?
Porque para todos los profesores era una alumna casi ejemplar con buena
conducta, ni siquiera los otros alumnos la creían capaz de realizar algo de ese
estilo. Decidió parar un momento con los ataques o sería demasiado raro y
alguien podía darse cuenta.
Una tarde llegó
a su casa Francis y ella lo recibió con gusto.
-Fran, me
alegra que vengas, siento no estar contigo en los descansos pero tengo otro
amigo y tú siempre decías que debo conocer más gente, además siempre nos vemos
en clases, por favor no lo tomes a mal.
-Es que él no
es tu amigo, te estás dejando manipular. Tú eres la responsable de los repentinos
“atentados” contra nuestros compañeros ¿o me equivoco?
-No sé de qué
hablas.
-Tranquila, nunca te delataré, pero quiero que
sepas que lo que estás haciendo no está bien. Por favor aléjate de Alex, es
peligroso y es sólo cuestión de tiempo antes de que mate a alguien. Hagamos
como que nada pasó y vuelve a ser la que eras antes, siento que cada vez te
importa menos la gente.
-No pienso
dejar a Alex, él es mi amigo, con él me
siento segura. Además no he cambiado, tú sabes perfectamente la clase de pensamientos
que tengo, eso siempre será así.
-Pero antes te
controlabas.
-No, antes no
tenía quien me ayudara.
-Acabas de
confesar…
-No digas
tonterías.
-Por favor
Beth, dijiste que no dejarías que las cosas llegaran tan lejos y mírate ahora,
disfrutando el dolor ajeno.
-Oh, querido,
yo siempre lo he disfrutado, solo que tú me reprimías, ahora realmente puedo
ser yo, y si no te importa, tengo cosas que hacer, por favor vete.
Francis se fue
con una mezcla de tristeza y enojo, había seguido alguna vez a Alex y sabía
dónde vivía, decidió ir a confrontarlo. Golpeó frenéticamente la puerta
hasta que Alex molesto abrió un poco la
puerta para asomarse y que no se viera el interior.
-¿Qué te dio el
valor para llegar hasta aquí y que quieres?
-Quiero pedirte
que te alejes de Belbeth, se lo que ustedes dos han provocado pero si la dejas
no le diré a nadie.
-No la dejaré,
yo la hice lo que es ahora y por lo tanto me pertenece.
-Ella no es un
objeto para decir que te pertenece, te juro que haré que te alejes de ella.
-Eso suena
interesante, diviérteme un rato intentándolo.
Tras decir eso,
la puerta fue azotada ante la cara de Francis, sabía que no tenía caso seguir
ahí así que caminó durante unos minutos,
iba un tanto distraído pero aun así pudo notar el carro que venía a gran
velocidad directo hacia él, no tuvo tiempo de reaccionar.
La gente que
vio el accidente quedó horrorizada, el responsable se dio a la fuga y ni
siquiera alcanzaron a anotar las placas.
Al día
siguiente todos se sorprendieron cuando dieron la noticia de que Francis estaba
hospitalizado, Belbeth dudaba de que eso fuera un accidente, así que fue con
Alex.
-Tú fuiste,
¿verdad?
-Tu amiguito
fue a pedirme que me alejara de ti y me amenazó con delatarnos, ¿estás molesta?
-No… supongo
que era necesario.
-Belbeth, eres
mía, lo sabes ¿no? Estás en mis manos, yo te ayudé a hacer realidad tus
pensamientos, tu existencia no es tan insignificante ahora gracias a mí. Tu
soledad no acompañó a la mía, ahora es mía, ¿entiendes?
-Sí, entiendo,
pero quiero que vayamos al hospital donde está Francis, es lo que la gente
espera que hagamos, no quiero que nadie sospeche.
Iban a
visitarlo muy seguido, después de unas semanas recuperó la conciencia y se
alteró al ver a Belbeth acompañada de Alex en su habitación.
-Tranquilo,
todo estará bien- dijo ella mientras acariciaba su brazo derecho y sonreía- tu
madre me dijo que despertaste esta mañana, me da gusto…Por favor no intentes
hablar, no te esfuerces. Sólo venimos a verte, volveremos mañana.
Besó su frente
y dio media vuelta para salir, Alex se acercó a Francis y le susurró al oído
“Yo también se dónde vives y sabía que camino tomarías al dejar mi casa. No te
preocupes, ella no sabe” para después ir detrás de Belbeth.
Después de
recuperarse, Francis trató de hablar con Belbeth de nuevo, pero Alex siempre se
lo impedía de una manera u otra, así que decidió que lo mejor para él era
cambiarse de escuela sin delatarlos, pues no tenía pruebas y temía que Alex se
pusiera en su contra, ya tenía idea de lo que era capaz.
Ahora que no
había nadie entre ellos, Alex y Belbeth se unieron más, pasaban gran parte de
los días juntos, imaginando posibles torturas, pensando en ir más allá de solo
golpear y asustar personas y matar animales. Decidieron hacerse unas pequeñas
promesas:
1) No dejar que nada ni nadie
(incluidos ellos mismos) dañe al otro.
2) No matar a nadie si no estaban
juntos a menos de que fuera totalmente inevitable y necesario.
3) No involucrarse sentimentalmente
(pues eso los podía hacer perder objetividad)
4) Ni una palabra sobre lo que hicieran
a nadie.
5) Sólo hablarían de sus planes en el
cuarto de Alex, pues ahí era cien por ciento seguro que nadie los escucharía.
Pasó un año y,
sin que lo notara, Belbeth comenzó a hacerse muy dependiente de él, aunque ella se sentía cómoda así.
-Alex, eres
bueno.
-Sólo contigo.
-¿Por qué?
-Porque debo
protegerte.
-¿De qué?
-De la gente,
de ti, de todo, incluso de mí, aunque eso último me resulte casi imposible hago
lo mejor que puedo, a veces es como si tu piel me rogara ser cortada.
-… Quiero estar
a tu lado, eres mi humano favorito y más importante aún, mi cómplice, así que
esfuérzate por cumplir tu promesa de no dañarme ¿sí?
-Claro que
cumpliré mi promesa y espero que tú también lo hagas, mejor dejemos de decir
tonterías.
-…Oye, mis
vecinos me resultan muy molestos, tengo algo en mente ¿Podrías ayudarme?
-Pequeña
Belbeth, sabes que lo haré con gusto.
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