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sábado, 22 de marzo de 2014

Serie Uno- Capítulo 1: Inicio.

Nunca se había visto una luna tan hermosa como la noche en que todo empezó; el miedo era lo único que Belbeth podía sentir esa noche, estaba consciente de su debilidad y de lo insignificante que era, durante sus 14 años de existencia siempre había vivido asustada de la gente, le costaba trabajo hablar con los demás, era como si no existiera.
Era tímida y por lo tanto un fácil objeto de burlas, ella ya no soportaba seguir así, algo debía hacer… Esa bella noche en que acostada en su cama lloraba, una repentina voz que conocía desde que era niña visitó su cabeza y cariñosamente le habló, aunque sus palabras no fueron tan dulces.
-Eres débil, eres pequeña, eres patética.
-Lo sé, por eso lloro, porque ya me fastidie de mí.
-Eso no cambia nada, debes hacer algo.
-No hay nada que pueda hacer alguien como yo e igual sería incapaz de dañar a alguien.
-Pero es lo que quieres, todos merecen sufrir un poquito. Quémalos, destrúyelos, hazlos pagar.
-Lo que me propones es horrible, no debo causar dolor, eso está mal.
-Pero es lo que en verdad quieres. Te sentirás bien luego de hacerlo, confía en mí, déjame tomar el control y pensar por ti, nunca te descubrirán.
-Es cierto que ya estoy cansada de mí misma, ¿Pero cómo harás para que yo esté a salvo?
-Solo debes analizar bien las cosas antes de hacerlas, prever todo lo que pudiera pasar… ya no reprimas tus pensamientos. Todo será diferente.
-Yo… no sé… necesito algo más…
Después de esa breve plática con la voz que vivía en su mente, Belbeth quedó dormida y al día siguiente ya estaba lista para seguir su  rutina de siempre: Debía ir a la escuela, regresar a casa a ser ignorada, hacer los trabajos que tuviera que hacer, leer hasta media noche y caer rendida. Su existencia no tenía nada de especial, era una persona de lo más común, inundada de miedo. Esta vez las cosas cambiarían un poco.
Se encontraba en la escuela leyendo un libro de su autor favorito alejada en una jardinera cuando notó la presencia de un chico mirándola fijamente, ella se incomodó, se ruborizó un poco pero siguió leyendo. Él se le acercó, lo había visto antes, era un año mayor que ella. Cuando estuvieron a menos de un metro de distancia él habló:
-No a mucha gente de por aquí le gusta pasar el tiempo libre leyendo ¿Podría ver tu libro?
-Lo siento, no le presto mi libro a personas que no conozco.
-Mi nombre es Alex. Listo, ya me conoces.
-Que sepa tu nombre no significa que ya te conozco, sigues siendo un extraño para mí.
- … ¡¿Extraño?! -  Alex se mostró alterado en cuanto esa simple palabra fue dicha por Belbeth y sujetó su muñeca derecha para levantarla y después, casi arrastrándola, llevarla hasta una pared y acorralarla. - ¿por qué insisten en decirme así? Tú lo has dicho, ni siquiera me conoces y ya me has juzgado. A las personas no les gusta lo “extraño” porque les incomoda algo que desconocen a pesar de que pueda ser bueno, les hace sentir que su seguridad peligra…pero yo no les he hecho nada ¿entonces por qué me ven  como amenaza y me aíslan?... ya lo pagarán.
-¡Espera! Estás malinterpretando todo, con “extraño” no me refería a tu forma de ser sino a que no sé quién eres, pero toma, te confiaré mi libro.
Alex, que había estado apretando con fuerza a Belbeth, se dio cuenta de la paranoica actitud que había tenido, así que la soltó para tomar el libro que sabía que le había sido prestado más por miedo que por “confianza”.
-Owen Bamshad siempre me tranquiliza con sus obras, es muy cruel que haya dejado de escribir-dijo Alex con un tono relajado después de hojear el libro.
-A mí también, su historia personal es igual de interesante que los libros que escribió.
-¿Cuál dices que es tu nombre?
-Me llamo Belbeth Jorde.
-Bien, Belbeth, este libro no lo he podido conseguir y, en vista de que me lo has confiado, te lo devolveré en un par de semanas.
Luego de esto, Alex se alejó dejando a Belbeth tan maravillada como asustada y sorprendida. El descanso había terminado, así que se dirigió a su salón y se sentó, comenzó a repasar en su mente y su memoria lo que acababa de pasar. Ese tal Alex parecía estar tan alejado de la gente como ella, sino es que más, porque ella tenía un amigo, Francis, que en esos momentos iba llegando:
-Beth, siento haberte dejado sola por un rato hoy, tuve un pequeño problema con…
-No importa.
-¿Pero qué dices? Siempre me reclamas porque te dejo sola.
-Hoy no estuve del todo sola…
Le contó lo sucedido y Francis de inmediato se mostró molesto.
-¡¿Quién se cree que es?! ¿Te lastimó? Iremos por tu libro en cuanto se termine la clase.
-No, está bien. Por alguna razón quiero que me vuelva a hablar. Él está solo, debe saber cómo me siento.
-Pero tú no estás sola ¿Qué hay de mí?
-Agradezco tu presencia, pero él me provoca curiosidad.
-Sólo ten cuidado, parece ser peligroso.
-Fran, no te preocupes, no dejaré que las cosas lleguen lejos.
Aún en su casa, no dejaba de pensar en Alex y se decía una y otra vez “Nadie suele llamar mi atención ¿por qué él sí? No me interesa físicamente, me desagrada tanto como los demás, pero tiene algo especial”. De repente sus pensamientos se vieron interrumpidos por el acostumbrado escándalo de sus vecinos, seres molestos que siempre que podían la molestaban, su existencia era un fastidio. “¿No te gustaría oírlos gritar de dolor?” le decía la voz que siempre le sugería esas cosas pero que trataba de ignorar, murmuró unas cuantas palabras de odio y trató de pensar en otra cosa.
Pasó una semana, esperaba impaciente que Alex le hablara y Francis se molestaba cada vez más porque ya no hacía más que hablar de él, menos de cinco minutos había estado con él y ya había alterados sus intereses. Entonces llegó el día que esperaba, las clases habían terminado y ella hablaba con Francis afuera de la escuela cuando Alex se les acercó sin que lo vieran, puesto que estaban  de espaldas a él.
-Pequeña Belbeth- dijo mientras la tomaba por los hombros y le provocaba escalofríos- Te he estado observando… Como sea, aquí está tu libro.
Ella volteó hacia él dejando a Francis hablando solo, tomó su libro y con suavidad respondió:
-Vaya, lo has leído rápido, claro que tampoco es un libro muy grueso.
-Ejem… -interrumpió Francis- eso de que te la pasas observando gente no suena bien y, ahora que Beth tiene su libro de vuelta, nosotros nos retiramos.
La tomó del brazo y comenzó a caminar pero Alex la tomó del otro brazo y sólo para fastidiar respondió fríamente:
-No dije que observo a la gente, dije que la he observado a ella y me agradaría que me acompañara un rato, así que tú eres el que ya se puede ir, desaparece.
-Claro que no, no pienso permitir que Beth se quede con alguien tan extraño como tú.
Alex contuvo su enojo ante tal palabra y se limitó a apretar un poco a Belbeth, quien de inmediato intervino:
-Me agradaría hacerte compañía, no tengo nada  más que hacer. Y tú, Fran, no te preocupes por mí, todo estará bien. Nos vemos mañana.
-Ya la oíste, quítate de nuestro camino.
Alex le sonrió cínicamente a Francis y se alejó con Belbeth. Llegaron a un café que casi nadie conocía, tenía un aspecto tétrico y antiguo que le resultó interesante a Belbeth y recorrió con la vista cada detalle mientras esperaban que les llevaran su orden.
-Como te dije, te he estado observando y creo saber la respuesta, pero igual quiero que me digas que hace una chica pequeña y débil, cuyo único amigo hace un intento patético de protegerla de los demás, leyendo libros sobre locura y asesinatos.
-…Creo que eso es porque a veces imagino que todas las cosas malvadas y crueles que relatan le están pasando a las personas que más detesto, me imagino torturándolos y sonrío por la imagen mental. Pero luego trato de borrar esos pensamientos y Francis me ayuda en eso, él me dice que no es bueno pensar de esa manera y hace que me distraiga.
-Que tonterías, él te dice eso porque no ha pasado por lo mismo que tú, yo estoy seguro de que la única manera de que dejes de pensar en eso es haciéndolo realidad. Cada vez que alguien te moleste deberías vengarte, si te quedas sin hacer nada seguirán molestándote, pero ten cuidado de que no te descubran.
-Qué cosas dices… dañar a los demás está mal.
-Y sin embargo es lo que quieres.
Esa última frase se le hizo tan familiar a Belbeth que ahora estaba segura de que él sabía lo que sentía, se interesó más en él y con un poco de miedo preguntó:
-¿Tú has dañado a alguien? Y si es así ¿Qué es lo más que has hecho?
-No he matado a nadie…aún… si es lo que te preguntas. Me he limitado a causar pánico en las personas que me molestan, me gusta alterar su mente y a veces para eso necesito “acosarlos” por un tiempo, otras veces les hago pequeños cortes sin que lo noten, es divertido y te agradeceré que no le digas a nadie, aunque sé que no lo harás, ¿verdad?
-No te preocupes, sólo dime porque me dices esto.
-Sólo te hablé porque ocupaba algo de ti, tu libro, pero ahora creo que tienes la necesidad de causar dolor y yo puedo ayudarte en eso, no reprimas lo que sientes. Ambos estamos solos, déjame guiarte.
-¿Acaso pretendes acompañar mi soledad con la tuya?
-No exactamente, lo sabrás en su momento.
Llegó la mesera con su orden y de este modo esa plática quedó inconclusa, una vez que se fue la “interrupción” siguieron hablando, pero esta vez de música, libros e intereses personales, tenían más en común de lo que imaginaban.
Durante los días siguientes Alex la buscaba entre clases para que le contara que le pasaba y darle ideas de como desquitarse de quienes la molestaban. Que si la chica linda del salón la humillaba, de repente alguien en la calle quemaba su cabello y su pequeño perro aparecía muerto. Que si alguien le lanzaba cosas, de repente la guitarra favorita de ese alguien estaba hecha cenizas. Que si alguien la agredía físicamente, esa persona en algún descuido era llevada a un callejón y era golpeada brutalmente.
Al principio tenía sus dudas, pero a pesar de la temible presencia  de Alex se sentía segura y fue gustándole más y más vengarse con ayuda de él.
Los terribles acontecimientos de sus compañeros parecían preocupar a todos, no sabían quién era el siguiente ni quién era el responsable ¿Por qué no sospechaban de ella? Porque para todos los profesores era una alumna casi ejemplar con buena conducta, ni siquiera los otros alumnos la creían capaz de realizar algo de ese estilo. Decidió parar un momento con los ataques o sería demasiado raro y alguien podía darse cuenta.
Una tarde llegó a su casa Francis y ella lo recibió con gusto.
-Fran, me alegra que vengas, siento no estar contigo en los descansos pero tengo otro amigo y tú siempre decías que debo conocer más gente, además siempre nos vemos en clases, por favor no lo tomes a mal.
-Es que él no es tu amigo, te estás dejando manipular. Tú eres la responsable de los repentinos “atentados” contra nuestros compañeros ¿o me equivoco?
-No sé de qué hablas.
 -Tranquila, nunca te delataré, pero quiero que sepas que lo que estás haciendo no está bien. Por favor aléjate de Alex, es peligroso y es sólo cuestión de tiempo antes de que mate a alguien. Hagamos como que nada pasó y vuelve a ser la que eras antes, siento que cada vez te importa menos la gente.
-No pienso dejar a Alex, él es mi amigo,  con él me siento segura. Además no he cambiado, tú sabes perfectamente la clase de pensamientos que tengo, eso siempre será así.
-Pero antes te controlabas.
-No, antes no tenía quien me ayudara.
-Acabas de confesar…
-No digas tonterías.
-Por favor Beth, dijiste que no dejarías que las cosas llegaran tan lejos y mírate ahora, disfrutando el dolor ajeno.
-Oh, querido, yo siempre lo he disfrutado, solo que tú me reprimías, ahora realmente puedo ser yo, y si no te importa, tengo cosas que hacer, por favor vete.
Francis se fue con una mezcla de tristeza y enojo, había seguido alguna vez a Alex y sabía dónde vivía, decidió ir a confrontarlo. Golpeó frenéticamente la puerta hasta  que Alex molesto abrió un poco la puerta para asomarse y que no se viera el interior.
-¿Qué te dio el valor para llegar hasta aquí y que quieres?
-Quiero pedirte que te alejes de Belbeth, se lo que ustedes dos han provocado pero si la dejas no le diré a nadie.
-No la dejaré, yo la hice lo que es ahora y por lo tanto me pertenece.
-Ella no es un objeto para decir que te pertenece, te juro que haré que te alejes de ella.
-Eso suena interesante, diviérteme un rato intentándolo.
Tras decir eso, la puerta fue azotada ante la cara de Francis, sabía que no tenía caso seguir ahí así que  caminó durante unos minutos, iba un tanto distraído pero aun así pudo notar el carro que venía a gran velocidad directo hacia él, no tuvo tiempo de reaccionar. 
La gente que vio el accidente quedó horrorizada, el responsable se dio a la fuga y ni siquiera alcanzaron a anotar las placas.
Al día siguiente todos se sorprendieron cuando dieron la noticia de que Francis estaba hospitalizado, Belbeth dudaba de que eso fuera un accidente, así que fue con Alex.
-Tú fuiste, ¿verdad?
-Tu amiguito fue a pedirme que me alejara de ti y me amenazó con delatarnos, ¿estás molesta?
-No… supongo que era necesario.
-Belbeth, eres mía, lo sabes ¿no? Estás en mis manos, yo te ayudé a hacer realidad tus pensamientos, tu existencia no es tan insignificante ahora gracias a mí. Tu soledad no acompañó a la mía, ahora es mía, ¿entiendes?     
-Sí, entiendo, pero quiero que vayamos al hospital donde está Francis, es lo que la gente espera que hagamos, no quiero que nadie sospeche.
Iban a visitarlo muy seguido, después de unas semanas recuperó la conciencia y se alteró al ver a Belbeth acompañada de Alex en su habitación.
-Tranquilo, todo estará bien- dijo ella mientras acariciaba su brazo derecho y sonreía- tu madre me dijo que despertaste esta mañana, me da gusto…Por favor no intentes hablar, no te esfuerces. Sólo venimos a verte, volveremos mañana.
Besó su frente y dio media vuelta para salir, Alex se acercó a Francis y le susurró al oído “Yo también se dónde vives y sabía que camino tomarías al dejar mi casa. No te preocupes, ella no sabe” para después ir detrás de Belbeth.
Después de recuperarse, Francis trató de hablar con Belbeth de nuevo, pero Alex siempre se lo impedía de una manera u otra, así que decidió que lo mejor para él era cambiarse de escuela sin delatarlos, pues no tenía pruebas y temía que Alex se pusiera en su contra, ya tenía idea de lo que era capaz.
Ahora que no había nadie entre ellos, Alex y Belbeth se unieron más, pasaban gran parte de los días juntos, imaginando posibles torturas, pensando en ir más allá de solo golpear y asustar personas y matar animales. Decidieron hacerse unas pequeñas promesas:
1)            No dejar que nada ni nadie (incluidos ellos mismos) dañe al otro.
2)            No matar a nadie si no estaban juntos a menos de que fuera totalmente inevitable y necesario.
3)            No involucrarse sentimentalmente (pues eso los podía hacer perder objetividad)
4)            Ni una palabra sobre lo que hicieran a nadie.
5)            Sólo hablarían de sus planes en el cuarto de Alex, pues ahí era cien por ciento seguro que nadie los escucharía.
Pasó un año y, sin que lo notara, Belbeth comenzó a hacerse muy dependiente  de él, aunque ella se sentía cómoda así.
-Alex, eres bueno.
-Sólo contigo.
-¿Por qué?
-Porque debo protegerte.
-¿De qué?
-De la gente, de ti, de todo, incluso de mí, aunque eso último me resulte casi imposible hago lo mejor que puedo, a veces es como si tu piel me rogara ser cortada.
-… Quiero estar a tu lado, eres mi humano favorito y más importante aún, mi cómplice, así que esfuérzate por cumplir tu promesa de no dañarme ¿sí?
-Claro que cumpliré mi promesa y espero que tú también lo hagas, mejor dejemos de decir tonterías.
-…Oye, mis vecinos me resultan muy molestos, tengo algo en mente ¿Podrías ayudarme?


-Pequeña Belbeth, sabes que lo haré con gusto.

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